La gravedad de las almas imperfectas

2009 Xuño 15
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by Luis

Cuando en el instituto asistía a las clases de filosofía tan sólo recuerdo el poder narcotizante del discurso académico y poco más. Jamás he tenido hasta el momento, una asignatura que ejerciera un desinterés semejante. Con el paso de los años, mi mente ha madurado, tomando forma (o mejor dicho, fondo) y he intentado en un par de ocasiones retomar el tema de la filosofía y asumirlo como propio. A los 17 años me daba la impresión de ser algo totalmente ajeno a mí, en el mundo casi místico de Platón, el racionamiento irracional de Descartes o el enrevesado discurso de Kant.

Este domingo, con el sabor del café en el paladar, bajo la sombra de benignos árboles y la conversación amena de mis amigos, retrocedí un poco al pasado. Parece increible que esa asignatura que tanto detestaba, fuera finalmente a orbitar de un modo tan importante sobre mi/nuestras vida/s. Siempre rondan en mi cabeza preguntas, a las que tantos filósofos de todas las épocas han intentado responder, en general con gran brillantez.

Gracias a ellos hemos heredado un gran bagaje cultural e intelectual que nos ha permitido construir nuestra actual sociedad. Es temible (e increible) que la religión todavía morodee en nuestras conciencias, en nuestros pensamientos. En el pasado se aterrorizaba  al pueblo con el infierno, el lugar más espantoso jamás imaginado. En la actualidad, los religiosos nos aterraran con el vacío, la soledad y la nada; algo aún más insoportable que el infierno.

Y es cierto, preferíamos la idea del infierno, de sufrir pero existir, no perder nuestra entidad. Es increible que los humanos, tan necesitados de la sociabilidad, de vivir con sus congéneres, sean tan indidualistas. Asumir la extinción de uno mismo, sin opción, es terrorífico. Tan sólo las mentes más severas son capaces de soportarlo, no sin salvar preguntas esenciales que pueden derrumbar la estabilidad de sus seres y transformarlos en seres crueles y despiadados. Si uno llegara a asumir plenamente esa inconsistencia de la vida, sin anclarse a la ética, derivaría en un ser sin límites, asocial en extremo. Un “todo me da exactamente igual”.

Y me llama poderosamente la atención, de los que no son capaces de elevarse, y caen rendidos a la gravedad de su existencia, volcados hacia su entidad, inevitablemente poderosa, que les permite diferenciarse de cualquiera y de cualquier otra cosa. Y la pesadumbre de la muerte ejerce tal fuerza, que nuestra alma, nuestra conciencia del ser, nos sume en una carga insoportable, que tan sólo se ve ligeramente aligerada por la existencia  de un dios benevolente, que perdona nuestro pecados y nos da la vida eterna.

Y arrastramos los pies, unos por culpa de ese dios, que es benevolente, pero exigente a la vez, que nos persigue y nos observa, que nos juzga porque es él el único que puede (y debe) hacerlo. Y actuamos con miedos irracionales pero religiosos, que nos empujan a comportarnos del modo que quiere Él, pero no como somos realmente.

Otros intentan asumir el ateismo, pero sus debilidades sucumben ante la fuerza de la gravedad de su individualismo, de su ser, que les empuja a pensar en una vida eterna, en que no existe un final.

Y cuando debajo de un árbol de benigna sombra, con el aroma del café (moléculas volátiles procedentes del grano de café, que al interaccionar con ciertos receptores del nervio olfativo los activa, y estos a su vez, desencadenan una cascada de iones que cambia la polaridad de las neuronas, y éstas interaccionan  de tal forma que dan lugar al sentido del olfato) y las divagaciones propias de un día de resaca, uno se pregunta qué diantres hacemos aquí.

Después de la muerte no hay nada. Ni silencio. Sólo NADA. Una nada que provoca que nuestra almas imperfectas graviten buscando su propia existencia… aunque sólo sean vacío, oscuridad y la nada.

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