Ojo de Dios
Recuerdo aquellas clases aburridas de religión en mi antiguo colegio religioso, en las que un sacerdote con muchas convicciones intentaba (creo que sin éxito) adoctrinarnos en el catolicismo, repitiendo sin cesar aquella retahíla de argumentos para justificar la existencia de Dios. Recuerdo especialmente una clase, no porque ésta fuera de una retórica excepcional, sino por el indescifrable y misterioso mecanismo de la memoria, que en ocasiones se empecina en recordar ciertos momentos aunque éstos no fueran relevantes en la vida de uno mismo.
Escuché con atención lo que me decía religioso. Aquel día la explicación se centraba en los dogmas de fe. Recuerdo que leía y releía una y otra vez la definición de dogma: “Doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres”. Aquello, para mí, era incomprensible. Lo peor es que el pobre cura se explayaba en su discurso, relatando los innumerables hechos que justificaban irremediablemente la existencia de Dios. La clase no sólo fue soporífera, sino que me produjo tal confusión mental que tardé varios días en aprender de memoria aquella dichosa definición, y aún es hoy el día que me cuesta comprenderla (tal vez sea por convicciones propias, espero que no por limitaciones intelectuales).
También me enseñó aquel peregrino de la fe con chaqueta de lana, mirada uraña y gafas de pasta, que Dios era en realidad una entidad compuesta por tres, el misterio de la Santisima Trinidad, y representaba a aquel Dios con un triángulo. Jamás dibujó un ojo en el centro, como suele representarse. Aquel ojo siempre me desconcertaba, y hoy agradezco que no lo hiciera. En mi niñez y en el principio de mi adolescencia, era lo que se puede decir, creyente, y me atormentaba con la idea de que Dios estaba en todas partes, y que me observaba y que sabía lo que pensaba y peor aún, lo que pensaría o haría en el futuro. Me imaginaba a un ojo invisible, rodeándome, acosándome, posado sobre mi oreja, encima de mí, en frente, a los lados. Tenía la seguridad de que Él estaba ahí, y eso me angustiaba, sentía que no podía tener intimidad, y que no podía actuar sin la importante barrera de la moral cristiana.
Hoy leyendo el periódico he podido, por fin, ver ese ojo, y al verlo, ha sido más hermoso de lo que podía imaginar. El Observatorio Europeo Austral ha publicado una imagen de la sobrecogedora nebulosa planetaria Helix, más conocida por los astrónomos con el nombre de “Ojo de Dios“.

Al ver esa imagen por fin me he podido reconciliar con esa vieja fobia. Es increible lo que la naturaleza nos puede regalar desde lo microcópico, hasta lo más grande del universo.
Tal vez, si aquel viejo profesor de religión católica me hubiera mostrado la nebulosa Helix habría imaginado un Dios más cercano, más hermoso, hasta más humano, que con ese ojo dentro del triángulo, amenazador, lleno de rencor y culpas.
Los dogmas, las doctrinas, los mandamientos, las oraciones son palabras vacías que resuenan en iglesias vacías y templos antediluvianos, con imágenes de hombres mutilados y mujeres desgarradas. Tal vez nuestro verdadero dios sea el orden mismo de la naturaleza, del universo, de nosotros.
bueno yo te voe a decir que yo nisiquiera viendo eso se que dios existe por que dios existe y yo lo siento siento su presencia y el no amenasa por que el es un dios de amor ha y ademas dios todopoderoso te ve todo lo que haces por eso no hay que haces nada malo que no cumpla sus mandamientos por que no sotro somos viajeros en este planeta por que nuestro hogar esta en el cielo los que lo aceptan como su salvador..
es importante saber que su gran ojo nos observa, como dijiste tu daniela:”-. ha y ademas dios todopoderoso te ve todo lo que haces .-” y si, desde hace tiempo pensaba que Dios era nuestro universo